martes, 8 de julio de 2014

1er capítulo. Era una chica muy bohemia.

-¡Mira como tienes todo! Aún no hace ni una hora que llegamos y ya está tu habitación hecha un desastre...Iraida por el amor de Dios, haz el favor de recogerla un poco y de deshacer las maletas - exclamó mi madre mientras se abría paso entre las bolsas llenas de ropa y zapatos que había por el suelo.

-Mamá, tengo tiempo de sobra. Hasta las 18:30 no he quedado con Dana 

-Te quedan 2 horas, tú verás lo que haces, pero ya sabes que no sales de casa hasta que tu habitación no esté recogida 

Asentí y le sonreí, como solía hacer en estos casos. Ella se marchó resoplando a la cocina. De nuevo me puse los auriculares y me acosté en la cama. Tenía mucho sueño, las cuatro horas de viaje de vuelta habían sido agotadoras. Aguantar al plasta de mi hermano con sus teorías sobre la vida y el disfrute de esta, fue un infierno. Nadie en el coche le escuchaba pero él seguía hablando sin parar. 

Pensé en echarme una siesta, pero estaba segura de que no me iba a despertar a la hora. Si algo tenía, era un sueño muy profundo y para mí, las siestas de media hora no existían.  No podía llegar tarde, Dana me esperaba a las 18:30 en el bar de la esquina, aquel que solíamos frecuentar, y si lo hacía, tendría que aguantar de nuevo su charla sobre la puntualidad, como siempre. Era como una mamá a pesar de tener un año más que yo, pero me entendía muy bien con ella y aun que lo negase, me divertía ver como se comportaba cuando yo hacía algo mal. 

Conocí a Dana en la escuela de idiomas, era mi compañera de pupitre. En un año cogimos mucha confianza, hasta llegar a contarnos nuestros mayores secretos. Se podría decir que pasó a ser una de mis mejores amigas. Solíamos quedar los martes después de las agotadoras clases de francés en las que la pobre, sufría las horribles críticas de nuestro profesor al que era difícil caerle bien. Por suerte, yo pasaba desapercibida. Me encantaba estar con ella. Terminó convirtiéndose en costumbre el pedir dos Coca-Colas en el bar. Incluso Iván, el camarero, se extrañaba cada martes que no nos veía allí sentadas en nuestra mesa al lado del ventanal. Teníamos muchas cosas en común. Ambas eramos iguales pero a su vez, muy diferentes. Ella era la chica responsable. Yo también lo era, pero menos. Dana iba arreglada a todos sitios, cuidaba mucho de su peinado y de su ropa, sin contar la cantidad de abalorios que siempre llevaba encima. Mi aspecto era más rebelde. Nunca ponía abalorios,a penas tenía, salvo un colgante que había comprado en uno de mis viajes, que siempre me acompañaba, y mi pelo al igual que mi ropa, no me preocupaba en exceso. Me peinaba con la mano,salvo las veces que salía de la ducha y en general, me vestía con lo primero que pillaba del armario. Eso sí, siempre conjuntada. A ella le encantaba cocinar y su especialidad eran sin duda las famosas "cup-cakes" de chocolate, plátano y miel. Yo en cambio, no tenía mucha idea, sabía hacer lo justo para poder sobrevivir; macarrones, arroz... y en cuanto a los postres, mi mayor logro había sido un bizcocho de chocolate. Ella disfrutaba de la compañía, tenía muchos amigos, era raro el día que por la calle no nos encontrábamos a alguno de ellos. Yo también tenía una gran cantidad de ellos,pero me gustaba más la soledad. Adoraba esas tardes dedicadas a escribir y a escuchar música. Bastantes personas,entre ellas Dana, me decían que era una chica muy bohemia . Aún así, me encantaba salir de fiesta y era bastante social. Carecía de enemigos, siempre evitaba malos rollos y era de las que todo lo arreglaba con la palabra. Tenía mucha paciencia, y a diferencia de Dana, me costaba mucho mostrar mis sentimientos.Se podría decir que era "muy mía" . Poca gente me había visto enfadada, al menos, no de verdad. Siempre andaba con rodeos para decir las cosas y casi nadie lograba entenderme a la perfección. En realidad, ni yo misma lo conseguía. Dana era caprichosa y si algo no salía como ella quería, de alguna manera se molestaba. Yo no lo era y cuando las cosas no salían como quería, sin perder el tiempo hacía todo lo posible para conseguirlo. Si algo me calificaba además de mi amor hacia la comida,la escritura, la música y el dormir, era mi poder de convicción y mi tozudez.
Tenía muchas ganas de verla. Tras estos dos meses de vacaciones, era yo la que venía cargada de historias que sin duda, le iban a sorprender, de eso estaba segura. Esta vez nos cambiaríamos los papeles, y le tocaría a ella escuchar atenta antes de opinar y aconsejarme. ¡Oh! Ya eran las 17:00h y aún tenía que recoger la habitación. Pero... ¡mi canción favorita sonaba en mi móvil! Bueno, aún me sobraba tiempo y estaba vestida, con lo cual, estaba todo bajo control. Subí el volumen y cerré los ojos para poder disfrutarla mejor.

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